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What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por Rafael E. Montoya el Sáb Ago 08, 2015 1:41 am

You're a holy fool all colored blue
Red feet upon the floor
You do such damage, how do you manage
Trying to crawl in back for more?

And with one kiss
You inspired a fire of devotion
That lasted for twenty years
What kind of man loves like this?


Florence + The Machine


MUGGLE WORLD ▲ AUGUST 2015 ▲ 9:00 P.M.


Acomodó su saco y la corbata color purpura en su sitio tratando de no ver el espejo que tenía al frente, no solo porque prefería no pensar que iba a subir a un escenario, sino porque le disgustaba sobremanera mirar el rostro que se podía ver reflejado en aquella pulida superficie. Ese no era él, aquellos ojos azules, no eran los suyos, aquel cabello negro y tez canela no le pertenecían. Rezó como todas las noches para que no hubiese nadie en la vida real que se pareciera al personaje que acababa de inventar para la ocasión y sin pensar demasiado en el asunto, salió del camerino para encaminarse a la orilla del pequeño escenario que había al frente del establecimiento.

Era cierto que se encontraban en el Londres Muggle, pero desde que Voldemort se hiciera de aquella parte tras la Batalla de Hogwarts; todas las tiendas, empresas, restaurantes y bares se habían convertido automáticamente en lugares mágicos destinados a personas de sangre pura que no pensarían dos veces antes de delatar a cualquier rebelde, sangre sucia o traidor que se encontraran en su camino. Así pues, los dueños de aquellos nuevos y rediseñados establecimientos iban siempre con tiento, Rafael estaba consciente de ello y fue por eso que se dedicó por varios meses a encontrar el bar indicado para lograr pasar desapercibido. Ya no podía trabajar como fiscal, los muggles en Inglaterra no eran personas libres; el parlamento, la reina, el ministro, todo se había disuelto en la nada. ¿Qué le quedaba entonces?: Las ganas de luchar por lo que creía justo y su voz. Fue así que con paciencia, encontró “La fée verte”, un bar dedicado a presentar un show de jazz, blues y góspel cuatro veces a la semana. Los dueños eran una pareja con más de 30 años de casados que además de ser bastante generosos a la hora de pagar a sus empleados, eran unos excelentes actores. No podía pedir más y desde que le encontró, aquel se convirtió en su hogar. Rentó un apartamento cerca del lugar, algo pequeño y acogedor. Quiso también mantenerlo simple, pero la elegancia le era inherente y fue casi imposible despojar el lugar de un poco de aquella distinción que siempre había cargado a cuestas desde que tenía memoria. De no haber estado viviendo en la época en que lo hacía, habría jurado que era feliz.

Rafael asomó la cabeza por la orilla de la gruesa cortina negra que adornaba el escenario y permitió que sus ojos vagaran por el establecimiento, contando a los presentes como siempre lo hacía. Las mesas estaban abarrotadas, pero a pesar de la multitud, Montoya pudo divisar un perfil altivo que le erizó la piel. ¿Qué demonios estaba haciendo ahí el Ministro de Magia?

Por alguna razón, Rafael pensó que Østergård había desistido, después de todo la tarjeta con la dirección le fue entregada hacía casi un mes, ¿por qué no había ido antes?, ¿estaba intentado atraparlo desprevenido?, ¿pero para qué? ¿Es que acaso estaba loco? Miles de preguntas llenaron su cabeza al instante. Trató de pensar en una solución para evadir al hombre que seguramente estaba ignorando todo protocolo existente con respecto a su profesión tan solo para verlo e incluso, la idea de remplazar su número por el de alguien más le vino a la mente. Fue demasiado tarde, pues en aquel instante le llamaron al escenario.

Damas y caballeros, por favor, den la bienvenida a Vincent Lund —anunció el presentador como todas las noches y por primera vez, Rafael se sintió fuera de rutina, olvidando siquiera presentarse como lo hacía cada vez, bromeando sobre su apellido danés a pesar de que sus padres eran ambos de Inglaterra, una puesta en escena, claro está.

Una vez a la semana, “La fée verte”, dedicaba un día —de forma clandestina— a canciones escritas por magos sangre sucia o muggles. Aquél era uno de esos días, pero intentar cambiar la jugada ya estando sobre el escenario era un error, atraería simplemente las miradas del Ministro que además, parecía haber asistido solo,  al menos eso era lo que Rafael alcanzaba a ver desde su posición ya que afortunadamente, Rangar al menos había tomado la precaución de permanecer en un rincón oscuro a espaldas de los presentes, donde no podía llamar la atención y alarmar a todos.

Miró al público como si se tratara de un novato y tragó pesado mientras intentaba no clavar los ojos en sus lustrosos zapatos. Se aclaró la garganta y trató de decir algo, pero nada salió de entre sus labios, así que pasó al plan B: hacer su trabajo. Dio una señal para que los músicos comenzaran a tocar y a pocos segundos de que éstos siguieran su instrucción, el mismo entonó la canción en el programa: “I've Got You Under My Skin”. Irónico, pensó al instante, decidido a dar un buen espectáculo a pesar de las circunstancias.

Sus manos se aferraron al micrófono que para cualquier otro artista flotaba en el aire pero que él parecía cargar como si se tratara de una tabla de salvación. Sus ojos vagaron por sobre las cabezas de los presentes pero al final, se detuvieron inevitablemente sobre los de Ragnar por apenas un par de segundos. ¿Por qué aquella canción era tan condenadamente larga? De la nada, los aplausos llenaron el establecimiento y Rafael se dio cuenta de que había terminado finalmente. Dio un paso atrás y se inclinó levemente, agradeciendo. Una joven que se encontraba en una mesa en la fila delantera se acercó entonces y le entregó una flor y una pequeña nota. Rafael maldijo dentro de su mente pero leyó de todos modos, dándose cuenta de que se trataba de una petición. En cualquier otro momento le habría dado gusto ayudar a la jovencita con lo que parecía ser su cita, pero en ese preciso instante, lo único que quería era estrangularla.

Soltó un suspiro y dejando la flor a un lado, cerca de una mesita pequeña y destinada a una botella de agua para el artista, asintió en silencio. ¿Por qué era que no podía cambiar su voz a pesar de tener aquella extraña habilidad? No lo sabía, pero tenía el presentimiento de que aquello era lo que iba a terminar por hundirlo.

Se giró y habló con los músicos, explicándoles el pedido de la señorita antes de volverse a su público, que le miraba expectante.

Emily me ha pedido una canción en honor a su pareja. Supongo que no les molestará si la complazco —dijo por toda presentación y entonces, el piano comenzó a tocar una melodía tranquila, muy distinta a la que acababa de entonar con anterioridad.

Algunos de los presentes abrieron los ojos emocionados al reconocer la música y otros muchos continuaron con la curiosidad pintada en sus facciones hasta que Rafael pronunció las primeras palabras del "Halleluja" de Jeff Buckley. Emily esbozó una gran sonrisa y entrelazó sus manos con el chico que la acompañaba mientras que la suave voz llenó el ambiente. Todos callaron y Montoya se sintió verdaderamente observado, avanzó entonces como mejor pudo, cantando como siempre para que nada pareciera sospechoso y sin embargo, en el último verso, le fue inevitable mirar al frente una vez más.

Maybe there's a God above
But all I've ever learned from love
Was how to shoot somebody who outdrew ya

Una de sus extremidades se levantó en el aire al cantar la última frase y con la mano convertida en un arma de fuego, apuntó al frente mientras sus ojos vagaron hasta encontrarse con los de Ragnar una vez más. ¡Gran error! Reaccionó tarde, girando el rostro a un lado, finalizando la canción con el coro. Se inclinó repetidas veces ante el atronador aplauso y olvidando la flor que la muchacha le regalara salió volando del escenario en dirección a su camerino, se recargó en la puerta que había olvidado asegurar y respiró agitadamente. ¿Qué iban a hacer si en lugar de haber ido a verlo, Ragnar había ido a desenmascarar a sus jefes? No podía irse, no  podía escapar a pesar de que esa era la única palabra que daba vueltas dentro de su mente.



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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por V. Ragnar Østergård el Miér Ago 12, 2015 6:52 pm

Se inclinó levemente, así como siempre lo hacía cuando se trataba de él, sin mucha pomposidad como todos los demás. Ragnar desvió la mirada hacia algunos de los presentes y sus ojos se detuvieron en la espesa melena de Lestrange. La mujer alzó la vista, devolviéndole la mirada de una forma que no le gustó para nada. Las comisuras de los labios del ministro se elevaron en una mueca casi burlona, tanto que la mujer lo fulminó con sus grandes ojos. En lo profundo de ellos, observó la misma ansiedad que una vez vio cuando observó una discusión silenciosa con cierto ex traidor de pelo grasiento.

¿Sería posible que en la cabeza de esa desequilibrada mujer, él hubiese pasado al predilecto lugar de Snape? Si eso era así, sabía a qué atenerse y qué mañas utilizar para despistarla. Eso sí, no cometería el error de confiarse. Si una vez Voldemort no confió en ella cuando le advirtió sobre el antiguo director de Hogwarts, estaba seguro que no cometería ese error otra vez. Aún con el posible peligro pisando sus talones, Ragnar prosiguió con sus planes. Después todo, había decidido que nada ni nadie lo detendría en su intento por acercarse a lo único que verdaderamente lo había hecho feliz en toda su vida.

Ragnar observó cómo la figura imponente de Voldemort desaparecía del salón de reuniones, y fue en ese momento en el que se permitió marcharse. El rubio se giró para echar un vistazo a sus espaldas y luego, se Desapareció.

Siete y veinte minutos, Ragnar se calzaba el sombrero de ala ancha y luego el sobretodo azabache. Agarró del tocador la pequeña caja, sonrió y la introdujo con mucho cuidado en el bolsillo. Esa noche sería muy especial solo por el hecho de volver a ver su rostro, pero también porque Ragnar había tomado ciertas determinaciones importantes en la vida de ambos.

La figura portentosa del ministro se Apareció de la nada, a unas yardas de distancia en una calle angosta y pobremente iluminada por unos faroles flotantes. Por un instante se quedó quieto, observando a la lejanía aquel lugar donde una vez un gran reloj llamado Big Ben se había alzado imponente en todo el Londres Muggle y donde ahora solo había ruinas.

La oscura calle estaba bordeada por establecimientos cerrados y algo sombríos. A medida que avanzaba le gustaba menos todo aquello, y pensó que no sería un lugar al cual hubiese podido frecuentar jamás en su vida. La idea le sorprendió por un momento, pensando en cuánto más sería capaz de hacer por aquel hombre. Creyó tener el control de lo que sea que hubiese allí, pero estaba casi seguro que podría hacer cualquier cosa que Rafael le pidiera y eso no le gustaba en absoluto.

Echó un vistazo a la fachada del bar y en su rostro se dibujó una expresión de desdeño total. Más sin embargo, cruzó las puertas y fijó sus ojos en la decoración del sitio. Afortunadamente, se veía mucho más acogedor de lo que imaginó, también discreto, y eso era justo lo que necesitaba. Escogió una mesa al fondo, y le pasó dos galeones al chico que estaba ocupándola, y éste entendió al instante, levantándose y caminando a la barra. Ragnar se sentó y levantó la mano, llamando a alguien para que lo atendiera.

Hidromiel, una botella, por favor. —pidió sin siquiera levantar la vista. Cuando se encontró solo otra vez, levantó la cabeza y enfocó la vista hacia el escenario ubicado metros más allá. Y cuando dio el primer sorbo a su bebida, escuchó que el primer cantante era presentado. ¿Lund? Sí, había escuchado bien y aquella invención tenía que pertenecer a Rafael.

Reprimió una sonrisita burlona, gesto causado por el aspecto de quien sabía, tenía que ser su Rafael. Frunció ligeramente el ceño al percibir cierta torpeza en las maneras de conducirse de aquel hombre, pero luego esbozó una sonrisa de suficiencia al escuchar cada pedazo de la canción, imaginando que él era a quien se la dedicaba. Ragnar soltó un tenue suspiro, apoyó el codo en la mesa y la mejilla en la palma de la mano. Limitándose a verlo en lugar de aplaudirlo al final, como todos. Y es que no podía evitar ensimismarse en el profundo orgullo que sentía por Montoya, al verlo vitoreado por esos presentes. De repente sintió que ninguno era digno de disfrutar de ese espectáculo, y aunque le pareció elogiable el detalle que tuvo una señorita con Rafael, también ese pensamiento fue dirigido hacia ella.

Toda interrupción es molesta, pero bueno, minutos más, minutos menos. —susurró para sí mismo, en cuanto oyó y confirmó aún más que se trataba de Rafael. Se reclinó en su asiento y bebió otro poco de su hidromiel, más prestó atención otra vez al escuchar el primer acorde. ¿Se trataba de esa canción muggle?

Ragnar miró a los lados, más allá, en todas las direcciones y captó el silencio sepulcral. Observó a la mujer con su pareja y luego a Rafael, quien ni siquiera imaginaba todo el material que le había dado para usar contra sus argumentos. Cada movimiento de los presentes, cada verso lo eran…

“I used to live alone before (…)
But love is not a victory march
It's a cold and it's a broken hallelujah”

¿Cuán solo se había sentido al estar lejos de él? Sí, a pesar de estar rodeado de muchas personas esas noches frías en Berlín. Y aun allí, a pesar de ser el Ministro se había acostumbrado a esa amarga soledad. Sabiendo, que nada es más difícil que el amor. Cerró los ojos concentrándose en la música, y luego al abrirlos se encontró con un gesto de Rafael, apuntándolo justo a él. Era algo inevitable, ambos lo sentían, la música era el escenario a su situación. Recordándoles que lo que podría unirlos, también los podría separar. Pero tratando de evitar lo último, Ragnar se levantó al culminar el coro de la canción y caminó en dirección a donde debía encontrarse Rafael.

Mientras caminaba alargó una extremidad y colocó en la mano de una chica, unos cuantos galeones con suma discreción. Señalando con la mirada al hombre que vigilaba la puerta que él deseaba cruzar, esa que daba a lo que parecían uno hilera de pequeños camerinos. Ragnar logró su metido y se escabulló, buscando ahora el lugar que pertenecía al antiguo fiscal. Estaba listo para murmurar un apenas audible hechizo para entrar, pero se percató que no lo necesitaba.

Debo decir que el color de tu corbata es lo único acertado, porque tus ojos, cabellos y piel…—dijo de primer momento, sin siquiera saludar, burlándose de su atuendo. —No lo tomes a mal por favor, es solo que me gusta más tu piel latina. —agregó, sonriéndole con los ojos.

Sus ojos echaron un vistazo al espacio, y se preguntó realmente si Rafael era feliz haciendo lo hacía. Claro que, fue algo que se calló.

¿Nervioso allá afuera? ¿Por qué? —preguntó divertido, con el único objetivo de mortificarle. Ragnar se quitó el sombrero y el saco que llevaba puesto, dejándolos en un sillón. — ¿Acaso pensaste que no vendría? —inquirió, entrecerrando los ojos y avanzando dos pasos, deteniéndose al fin y recargándose en el espaldar de un sillón.  

Oh, disculpa. ¿Dónde están mis modales? —dijo de repente, como si fuese cometido algún tipo de crimen. —Excelente espectáculo, y aunque las dos presentaciones fueron de mi gusto, debo decir que el detalle de la segunda literalmente me mató. —continuó Østergård, manteniendo el tono burlón, pero también dejando claro que nada le había pasado desapercibido. Se le quedó viendo unos cuantos segundos, directo a los ojos.

Es incomprensible ¿no? —se cruzó de brazos. —Con tu voz puedes unir más a unos extraños amantes, y con ella alejas al tuyo. —añadió, haciendo énfasis en la última palabra.

Porque sí, él era suyo y nadie, ni siquiera Rafael le haría cambiar de opinión.
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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por Rafael E. Montoya el Jue Ago 13, 2015 1:26 am

Los pocos minutos extra que tuvo antes de que Ragnar se presentara en su camerino fueron aprovechados para deshacerse del disfraz que portaba. No tenía sentido seguir manteniéndolo, así como no había tenido sentido cerrar la puerta con seguro cuando se dio cuenta de que lo había olvidado. Se sentó tras el biombo que había dentro de su camerino, ese que utilizaba para cambiarse y esperó, oculto por la delgada tela del que estaba fabricado.

No se sorprendió cuando la puerta se abrió de par en par y mucho menos de las palabras ajenas. Se lo había buscado, lo admitía, pero eso no significaba que no fuera a dar batalla.

¿Cuántos comentarios inapropiados eres capaz de hacer por segundo? —le recriminó, poniéndose de pie al fin, saliendo de su escondite con el saco abierto y con la corbata a medio deshacer.

Tardaste bastante en todo caso —comentó, mirándolo por el rabillo del ojo puesto que se había parado en medio del pequeño cuarto, de frente al espejo mientras fingía acomodar algo sobre la mesa que no podía estar más pulcramente organizada.

Oh, cállate —soltó al final, bufando y poniendo los ojos en blanco ante el comentario de aquel error que se le había ocurrido cometer al final de su última canción—. No te sientas tan orgulloso, después de todo no es una canción halagadora, no tengo siquiera idea de porque esa chica quiso dedicarla —agregó, enfunfurruñado, aunque finalmente había decidido encarar al otro.

¿Perdón? —preguntó atónito ante la última aseveración quedándose sin habla y en un momento en el que todos sus sentidos se habían disparado, su pequeña habilidad se salió también de control. Sus ojos cambiaron de verde a un extraño y opaco color rosado y su cabello se puso platinado por apenas un momento, variando desde el blanco más inmaculado hasta el rojo más intenso en menos de un segundo.

Aquel había sido un error, ¿cómo se le había ocurrido invitar a aquel hombre a su vida? Y ahora, sabría su secreto tan solo porqué él no había logrado controlar un estallido adolescente a sus cuarenta y cinco años. Se sentía ridículo, pero sobre todo asustado. Sin embargo, no desvió la mirada, al menos eso le debía, al menos tenía que decirle de frente que no había sido capaz de confesar el único atisbo —aunque diminuto— de magia que había tendió en su vida y que aun ahora conservaba.

Escucha, esto no es lo que parece —dijo, notando los repentinos cambios en el mismo espejo, único testigo de lo que seguramente sería un asesinato—. No poseo todos los poderes, al menos no la amplia gama de un metamorfomago con todas sus capacidades en orden. Estoy limitado a muchas cosas  y esto no cambia el hecho de que sea un squib —aclaró de inmediato, sin comprender muy bien porque se estaba excusando, porque le estaba dando explicaciones a aquel hombre.

Nada tenía sentido dentro de su cabeza, pero algo resaltaba bastante sobre la avalancha de sentimientos que seguía sin poder controlar: El miedo. Rafael tenía miedo de que Ragnar volviera a odiarle, de que volviera a mirarlo con la rabia con la que le había atravesado el corazón aquella tarde en el cementerio, el día en el que los Østergård habían sido enterrados. Y entonces comprendió que había vuelto a Inglaterra por él, más que por sus convicciones, mucho más que por sus ansias de justicia… estaba ahí por él, porque por alguna razón, se había enamorado de un monstruo.


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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por V. Ragnar Østergård el Dom Ago 16, 2015 6:12 am

¿Inapropiados para quién? —preguntó con una sonrisa sutilmente burlona, enarcando una ceja. —Mmm lo que sí no podría discutirte son los pensamientos inapropiados— hizo una pausa y con aquella mirada que le dio, dejó bastante claro que no le pasó desapercibido el atuendo a medio quitar. — Pero, no puedes culparme, no ayudas en nada. — agregó, con los ojos ensimismados en el color oscuro de la corbata.

Algo en el pecho del ministro se agitó en cuanto escuchó lo siguiente, indiscutible signo de que el otro había estado sumido en una larga y muy posible ansiosa espera Frunció ligeramente el ceño y ladeó la cabeza un poco, reprimiendo una risita al fijarse con qué lo evadía el otro. En serio, ¿Cómo hacía Rafael para darle tanto con qué burlarse de él? ¿Cómo era que con unas pocas sílabas podía arrancarle tantas sonrisas genuinas? Si el cantante supiera cuánto poder tenía sobre aquel endiosado.

Lo justo para demostrarte qué tanto me esperabas. —me extrañabas, quiso decir, encogiéndose de hombros. Pero no, aún era muy pronto para lanzar los dardos más efectivos. Ragnar deseaba ver cómo se movía el otro en su propio territorio, ir con cuidado para no recibir un rechazo abrupto.

Entonces no deberías darme razones para sentirme orgulloso. —le dijo con voz apacible, ignorando la actitud de Montoya y sobretodo pasando por alto el que le mandase a callar. Desvió la cabeza al biombo y su mente volvió a ser presa de los pensamientos inadecuado, a lo que sonrió con disimulo. — Lo que escuchaste, sí, tu amante. —añadió con firmeza, aun sin mirarlo. Más fue el reflejo en el espejo del tocador lo que llamó su atención. Miró atónita a la figura y sus raudos cambios le borraron la tenue sonrisa.

Retrocedió dos pasos e instintivamente, su mano fue a parar sobre la varita en su bolsillo. Recordó entonces con quién hablaba y su pecho volvió a arder, pero con un sentimiento muy diferente al anterior. No dijo nada por un par de segundos, quería apaciguar a la bestia herida por la decepción que de un momento a otro había empezado a rugir en sus entrañas, tratando además de escuchar lo que Montoya tenía para explicar.

Las palabras se le hicieron insuficientes, vacías y casi un insulto para lo que él merecía. Avanzó tres pasos a zancadas, pero algo dentro de sí lo detuvo.

Creo que contigo siempre habrán sorpresas ¿no? —preguntó con un tono de voz bastante decepcionado, y aunque no quería admitir, muy herido. Asintió con parsimonia. — ¿Qué no es lo que parece? —inquirió, alzando más la voz y entrecerrando los ojos. — ¿De verdad crees que me importa qué tanto nivel tienes metamorfomagia? O que tan squib dejaras de ser con esto? ¿Qué te pasa? ¿Qué parte de no me interesa que seas un maldito squib no has comprendido? —soltó una interrogante tras otra, alzando la voz más y más. No fue hasta que desvió la mirada al espejo que notó el color rojo en su cara, y que la expresión le había cambiado por completo. ¿Por qué? ¿Por qué él siempre tenía que echar todo el esfuerzo de Ragnar atrás? ¡Se estaba bajando de su pedestal por él y aun así le pagaba con secretos y más secretos, los cuales eran absurdos callar!

Respiró hondo, aflojó el nudo de su corbata ya que sentía que se ahogaba. Recuperó un poco la compostura, pero su mirada de animal herido seguía ahí, con la decepción palpitante en lo profundo de sus ojos.

Es estúpido preguntar el por qué, pero necesito saberlo. —ordenó, aunque no quería que sonara de aquella forma. —Yo vengo aquí a no presionarte, a callarme lo que siento, —hizo una pausa y negó con la cabeza—no, a callarme no, a moderarme. —aclaró, porque sabía que tarde o temprano terminaría por desbordarse todo sentimiento en él. —Vengo a tratar de entenderte, saber por qué -dejando afuera todos esos argumentos que dices- te niegas a algo que sabemos, es inevitable y más fuerte que nosotros, y ahora tú ¿sacas más secretos entre los dos? Tienes una manía muy desesperante de complicarlo todo. —agregó, un poco o más bien, muy airado.

¿Acaso qué fue lo que pensaste? ¿Qué me ilusionaría y albergaría vanas esperanzas de que pudieras tener magia? No sé hasta cuando voy a decirte que me importa nada, podrías ser muggle y nada cambiaría. —aseguró, alzando el mentón y avanzando más hacia él sin darse cuenta. Por alguna razón, la marca en su brazo le causó cierta comezón que lo obligó a sobarse con disimulo. —Sabes cuánto me arriesgo por esto que siento, por ti, y tú te empeñas en seguir encerrado en tus miedos, me haces a un lado ¿no lo ves? —añadió, muy expresivo. Así sucedía siempre, sus sentidos y expresiones se disparaban con Rafael. A veces podía controlarse, otras no.

Si seguirás en esa postura dímelo ya, y entonces me iré, no volveré a molestarte jamás. —advirtió muy seriamente, aunque estaba claro para él que ni aunque el otro le rechazara de la manera más horrible podía dejar de intentarlo. Claro que, Ragnar no juzgó mal aquella mentira, no cuando tanto estaba de por medio.
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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por Rafael E. Montoya el Sáb Sep 26, 2015 8:41 pm

Para cualquiera, excepto para ti parece ser. ¿Desde cuándo perdiste tu sentido común? Uno pensaría que para llegar a ser el Ministro se tendría que tener algo más que… —paró, no tenía caso, agachó la cabeza y carraspeó levemente—. Esto es como un deporte para ti, ¿no es cierto?—agregó ofendido al escuchar la segunda frase y a pesar de las palabras pronunciadas, se deshizo por fin de su saco y terminó por deslizar la corbata por su cuello, liberando un par de botones ahí arriba.

Volvió a poner los ojos en blanco ante las aseveraciones del otro, pero en esta ocasión no hubo respuesta. Rafael levantó la mirada, encontrándose con los ojos de Ragnar. Tenía los brazos lánguidos y la espalda siempre recta, ahora se encontraba curvada.

No le dio tiempo realmente de reaccionar ante aquella pequeña pero incómoda frase, que además el ministro se había atrevido a repetir como si hablara de la lluvia. En cambio, sus sentidos captaron al instante el retroceso en los pasos de su antiguo amigo. Se sostuvo con una mano de la mesa que se encontraba a su izquierda y en lugar de retroceder, se quedó plantado en aquel punto, incluso cuando Østergard volvió a avanzar casi amenazante.

No respondió a sus preguntas —le miró, eso sí— a los ojos en todo momento. Algo en su pecho se estrujó por dos razones muy distintas, ninguna de ella le gustó.

Contradictorio me parece, tomando en cuenta las palabras que me dirigiste cuando nos encontramos después de tantos años —respondió sin pensar, desviando el rostro poco después. Apretó los puños de forma casi hiriente y volvió de golpe, a posar sus ojos sobre los ajenos.

Hay muchos porqués —dijo, soltando antes un ligero suspiro. Una de sus manos se alzó y sus dedos se cerraron sobre la corbata a medio deshacer de su compañero—. Callas porque no hay nada más que puedas decir, ya lo has dicho todo y ciertamente si te moderas, no quiero saber cómo sería si no lo hicieras —agregó, parecía tranquilo, o al menos eso es lo que cualquiera habría pensado al observarlo, hablando con susurros, cada vez más cerca del otro hombre. Pero en sus ojos, ellos lo decían todo, todo lo que su cuerpo se obligaba a no reflejar.

Escuchó el resto de la perorata, de aquellas preguntas que cada vez le resultaban más detestables. La verdad, después de todo, era muy difícil de escuchar.

Complicarlo —repitió, en esta ocasión a apenas unos centímetros del rostro ajeno. Había avanzado hacía el cuerpo del otro hombre como si este lo jalara cual imán, tal y como Ragnar había dicho… inevitable—¿Quién fue el que se casó y tuvo la amabilidad de invitarme al evento?—sus ojos vagaron desde los del ministro hasta sus labios—. Nadie te ha pedido que te arriesgues por mí—dijo. Después, le besó.

Nunca había iniciado él el contacto, jamás había pensado que lo haría. Por muchos años intentó expulsar aquello que sentía y de haber podido, se habría embriagado antes de dar aquel paso, pero no había tiempo.

Sus manos engarrotadas, una aun sujetando la mesa a su lado y la otra firmemente enredada en la corbata ajena, terminaron por seguir su camino, se colocaron bajo el saco ajeno y resbalaron por los costados de un hombre al que había jurado no volver a tocar en su vida.


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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por V. Ragnar Østergård el Lun Nov 09, 2015 7:38 pm

Insinuó una sonrisa burlona al oírlo, pero la mueca se esfumó con lo que siguió a la pregunta.

No. Solo besar la mano del Señor Tenebroso, por no decir otra cosa. —interrumpió, cortante. La imagen de todo lo que había hecho para ostentar el cargo que poseía no lo enorgullecía en lo más mínimo.

Pestañeó a la siguiente interrogante, y entonces sus facciones se relajaron sin ningún esfuerzo. Ésta vez tuvo que sonreír por fuerza, cada ceño fruncido y tono de molestia impreso en las palabras de Rafael solo lo hacían más atractivo a los ojos de Ragnar.

Estoy seguro que esto es más entretenido y placentero que un deporte. —aseguró en un tono suntuoso, mientras sus ojos iban del saco a la corbata ajena, y se quedaban prendados a la espera de soltar un tercer botón. El rubio volvió a pestañear y viró su cabeza a un lado, suspirando profundamente.

La postura de Rafael echaba por tierra sus palabras y el tono con que se esforzaba en pronunciarlas. Nada de esto realmente sorprendió al ministro, era obvio que Rafael no iba a poder resistir de por vida, lo quería y deseaba tanto como Ragnar a él, pero lo de la metamorfomagia fue demasiado. ¿Por qué algo tenía siempre que fastidiar todo? Sus vidas se habían cruzado desde su infancia, así como sus corazones ¿Cómo es que aun existían secretos tan insignificantes entre ellos?

Y para colmo, no había respuestas. ¿Eran tan difícil para el ex fiscal confiar en el único hombre con el que tenía un nexo indestructible? La sola idea hizo temblar a Ragnar. Él conocía todo cuanto poseía, era su deber y Rafael no podía ser la excepción. Sino entonces, ¿Cómo podría protegerlo? Él le pertenecía, ambos se pertenecían.

Qué justificación tan pobre. —espetó, chasqueando la lengua. —Entierras el pasado, pero te empeñas en seguir llevándole flores. —le reprochó. Era inevitable resentirse cuando lo dicho en el pasado ensanchaba más la brecha entre los dos.

Supo que lo siguiente sería definitivo para la relación de ambos. Su mente y corazón no podían ponerse a tono con el tema. El primero se burlaba del segundo queriendo imponerle sus elaboradas trabas y su propio mar de recuerdos dolorosos que impedían aquella relación, pero el segundo protegía firmemente la esperanza de ser correspondido de una vez por todas.

Ese momento cumbre en el que los dedos del otro revoloteaban sobre su corbata, empezaba la inquietante incertidumbre.

Tu juego es cruel. —susurró en un tono de voz perentorio. Hizo amago de sujetar la muñeca que amenazaba con dominarlo, sabiendo que si lo dejaba continuar, su necesidad de respuestas pasaría a segundo plano. Pero no pudo sostenerlo, la influencia de Rafael ya era ineludible. —No podría haberlo resistido sin ti. —confesó en apenas un hilo de voz, colocando una mano en la cintura del otro.

No lo creyó capaz hasta que sucedió. Sentía que le habían arrebatado el control de la situación y por primera vez, no le preocupaba en lo absoluto. Se sentía como un adolescente en su primer beso, y es que el que fuese el renuente de los dos quien lo había iniciado, lo hacía único. Todo su cuerpo respondió sin premura ni pudor. Su corazón palpitaba rápidamente, y sus finos labios se enlazaron a los otros con vehemencia. Sus dos manos se apoderaron completamente de su cintura, evitando una retirada abrupta. Pero, dicha prevención quedó atrás al sentir el despojo de su saco.

Ingeniosa opción para desviar mis demandas. —dijo luego de separarse solo un par de centímetros para tomar un poco de aire.

Ragnar llevó su mano a la nuca de Rafael y acarició lentamente para relajarlo, bajando por su espina dorsal. Con propiedad, lo atrajo hacia él e inició un impetuoso y profundo beso. Sujetó su cadera y lo dirigió a la mesa que estaba a un lado, sin siquiera convidarlo sino sentándolo en ella.  Sus manos descendieron por los costados y acariciaron los muslos, haciendo espacio para situar su cadera entre ellos. Ragnar mordió el labio inferior de Rafael antes de separarse de él, suspiró y le dedicó una penetrante mirada.

¿Nunca te has preguntado qué tanto poder tienes sobre mí? —preguntó, sus ojos siguieron la línea de caricias de sus manos desde el lóbulo de las orejas hasta el pecho, acariciándolo como un preciado regalo que te es devuelto después de tanto tiempo.

Lo miró por fin a los ojos, mientras sus dedos continuaban ese trabajo que el mismo Rafael había iniciado minutos atrás. Debía admitir que resultaba mucho más seductor de la forma en la que el ex fiscal lo hacía, pero no había nada como desnudar lo amado, lo esperado.

Hizo presa aquel cuello ajeno de sus labios, pero el contacto era menos tórrido y más lento, con más disfrute. El temor que había pasado por su cabeza sobre una posible huida se había apaciguado, estaba convencido que Rafael no iría en contra de lo que quería.
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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por Rafael E. Montoya el Lun Nov 30, 2015 2:10 am

“No podría haberlo resistido sin ti”

La frase le caló hondo aunque la sola idea le disgustara. Aquel día había sido uno de los peores en su vida, todos los días que vivió con Ragnar después de que presentara su primera muestra de magia habían sido los peores y sin embargo, ahí estaba, correspondiendo al beso que él mismo había iniciado y que ahora se había salido de control.

Sus manos se apoyaron en las muñecas ajenas intentando alejar el agarre firme en su cadera, que no hacía más que agudizar sus sentidos. Después de un tiempo, dejó de luchar contra lo que sabía era inevitable.

Tomó aire cuando Ragnar se alejó para hablar y le miró a los ojos sin pronunciar palabra. Su respiración era agitada y sus labios estaban hinchados. Sus dedos subieron una vez más hasta el rostro ajeno y acariciaron la incipiente barba mientras sus ojos volvían a bajar hasta posarse en la boca ajena.

Sintió un escalofrío recorrer su espalda en cuanto sintió la caricia de su antiguo compañero de juegos y su cuerpo empujó contra el pecho del ministro, buscando tener más contacto. Correspondió al profundo beso que continuó después de las tórridas caricias y se dejó llevar hasta la mesa, soltando un sonido lleno de sorpresa en cuanto el otro le acomodó sobre la mesa, sonido que fue sustituido por una queja, un ligero gemido que escapó de entre sus labios en cuanto las manos de Ragnar se instalaron en sus muslos.

El aire le faltó una vez más y fue incapaz de sostener la mirada de su acompañante.

¿Debería haberlo hecho? —devolvió la pregunta con voz grave, porque la verdad sea dicha, Rafael jamás había imaginado que tenía influencia alguna sobre Ragnar. Era ridículo siquiera imaginar algo parecido.

Cerró los ojos en cuanto sintió los dedos de Østergård sobre los botones de su camisa y ladeó ligeramente la cabeza para permitirle un mejor acceso hasta su cuello. Sus manos acariciaron el cabello en la nuca del mago y se escurrieron hasta su ancha espalda. Sabía que tenía que ayudar con las prendas ajenas pero su cerebro no estaba computando bien en aquel instante y lo único que cabía en su mente era dejarse llevar.

La puerta sigue abierta —fue la última y única excusa que se le ocurrió soltar muy a pesar de que sus piernas estaban ya enredadas a la cadera de Raganar y sus brazos bien afianzados alrededor de su cuello.

Su cadera comenzó a moverse por sí sola, intentando encontrar la fricción exacta, intentando llamar la atención de la persona que parecía estar tan solo interesado en la parte superior de su cuerpo en aquel momento.

Viggo —pidió, casi suplicó cerca de su oído, dejando que su aliento bañara el lóbulo del oído ajeno. Cerró entonces los ojos con fuerza y esperó—. Por favor —agregó en danés después de notar que su petición había sido ignorada. Le gustaba sentirse dominado por aquel hombre, tenía que admitirlo por más que aquello le pareciera increíblemente vergonzoso. ¿Cómo es que se había estado negando aquello?, ¿cómo lo había soportado durante tanto tiempo? Ahora la situación resultaba obvia y sus múltiples quejas le parecían ridículas.

Viggo —repitió después un un momento y en esta ocasión el nombre salió en forma de gemido. Rafael tuvo que morder su labio inferior para acallar el lamentable y vergonzoso sonido. Aquello era demasiado, pero no quería pararlo, no podía pararlo.


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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por V. Ragnar Østergård el Sáb Dic 05, 2015 11:43 pm

Ese impulso animado por temores internos, por esa lucha mental que aun persistía en Rafael era una de las cosas que extrañamente le fascinaban y a la vez le disgustaban a Ragnar. Representaba una mezcla de un todo indescriptible. Retorcido, quizá, pero eso le otorgaba la responsabilidad de ayudarlo a dominar eso, y también a redimirse él mismo por no haberlo hecho en el pasado. Claro que, ahora estaba preparado.

En tan solo dos encuentros, habían derrumbado las gruesas barreras erigidas sobre dolorosos y crueles acontecimientos del pasado. Ragnar estaba convencido que lo más complicado ya estaba superado, pero sus ilusiones sobre llevar las fiesta en paz no lo engañaban, ahora es que vendrían los problemas y si no se equivocaba, la mayoría estarían capitaneados por los temores de Rafael.

Ya había ocurrido una vez, lo recordaba muy bien, en su vuelta de Alemania… Él solo en aquella cama, esforzándose por mostrar apatía mientras algo se desgarraba por dentro, viéndolo alejarse… la sola idea de repetir ese momento le asustó. Por lo que, en esta ocasión pretendía ir un paso delante de todos los movimientos ajenos, de una forma bastante divertida… al menos para él.

Sonrió dulcemente ante la caricia en su barbilla, esa mirada a sus labios reconfortó algo en lo profundo de sí. Satisfizo esa necesidad de sentirse amado y deseado por el único hombre a quien amaba, por la única persona de quien le importaba toda aprobación y atención. Cada sonido de placer emitido por el ex fiscal le estimulaba a aumentar la profundidad de las caricias, y el sentido de pertenencia sobre el cuerpo ajeno.

Es tan evidente. —era una verdad a medias, en el comportamiento y expresiones de Ragnar se realzaba lo artificioso. Más, Rafael lo conocía, solo era cuestión de quitarse la venda de inferioridad y  fijarse muy bien…

La caricia en su nuca le hizo entusiasmó mucho más de lo que esperaba, desnudando finalmente el torso del otro, masajeando con puntuales técnicas para despertar mayor deleite. Sus labios bajaron haciendo contacto con su pecho, lamiendo sus pezones, devorándolos como si se tratara de algún postre. Pero, la “recomendación” de Rafael le arrancó casi una carcajada.

¿Sí? ¿Quieres que me marche? ¿Seguro? Tu cuerpo no dice eso, no te engañes. — preguntó, alternando cada silaba con besos húmedos;  podía notársele el tono de seducción y burla que no pretendía disimular. —Oh espera, ya entendí. —estiró uno de los brazos hacia atrás y agitó la mano en dirección a la puerta. Un sonido de un pestillo se oyó. —Sin interrupciones. —avisó, y entonces el movimiento de cadera de Rafael le volvió a sacar una risita genuina. —Tranquilo, tranquilo, todo a su tiempo. —susurró como tratando de tranquilizar a un bebé, sus dedos bajaron hasta posarse sobre la zona íntima de Rafael, palpando sobre la tela.

La intensidad con la que era pronunciado su nombre, lo enloqueció. Su juego cruel se volvió contra él y dejó de pretender continuar con él. La súplica en su idioma natal lo transformó, Rafael también podía jugarle sucio y lo estaba demostrando. Si había algo que excitaba en gran manera a Ragnar era eso.

No te escucho. ¿Por favor qué? ¿Por favor qué? —preguntó ésta vez español, sugestionándolo a medida que sus manos lo alzaban y recorrían sus glúteos para despojarlo de las molestas prendas. Oyó su nombre por segunda vez y negó enérgicamente con la cabeza, recorriendo toda su envergadura con una mano alternando con la otra. —No, no por favor. No te reprimas, eso me encanta. —indicó con premura.— Nadie puede oírte excepto yo, —hizo una pausa, asintiendo ante la posible pregunta del hechizo silenciador de habitaciones—y quiero oírte. —agregó, fingiendo un tono autoritario innecesario.

Él sabía que iba a oirlo.

Durante un largo rato, aumentó el ritmo de la fricción, prolongando el roce en ciertas áreas más sensibles. Sus ávidos ojos buscaron los suyos, humedeció sus labios muy despacio como si quisiera advertir su siguiente paso. Era divertido, muy divertido.

Su erguida y fornida figura que había permanecido atrapada entre las piernas de su amante, se inclinó e introdujo en su totalidad la intimidad en su boca, succionando una y otra vez. Algo le hizo estremecerse, lo sabía, era su propio cuerpo reaccionando a todo aquello, pidiéndole algo que solo Rafael podría solucionar. Ragnar concentró sus sentidos en lo que sentía el otro y no tanto en lo que producía éste en él, sino perdería el control antes de tiempo. Dio pequeñas lamidas en los testículos, repitiendo el proceso a lo largo de su intimidad.

Se separó para tomar un poco de aire, arañando los muslos del otro sin levantar la cabeza aun. Respiró sobre su vientre, besándolo con dulzura un par de veces. Sin decir una palabra, sujetó las manos de Rafael con firmeza y las guió a su propio cinturón, retirándolo, como si le enseñara cómo hacerlo. No le molestaba, más bien los disfrutaba y deseaba de ese modo. A pesar de no ser su primer encuentro de ese tipo, le daba una oportunidad especial de enseñar lo que debió en sus tiernos años de adolescencia.

Soy yo. —advirtió con una sonrisa para proporcionarle confianza. —Puedes hacerlo como quieras, igual voy a disfrutarlo. —añadió con ojos inexpresivos, pero con una sonrisita seductora.

La descarada mirada de Ragnar sostuvo la del otro en todo momento, no se perdería ni un solo gesto, alimento para su ego y satisfacción. Continuó guiando los dedos de Rafael sobre el borde del pantalón, moviéndose a su pecho y luego bajando hasta su vientre a placer. Cuando su juego concluyó con sus pantalones tocando sus tobillos, y su camisa cayó finalmente más allá, Ragnar se unió más aun al cuerpo de Rafael. Dejó de sujetar sus muñecas, ubicándolas a los costados de su ropa interior. Colocó las manos al aire, símbolo de su cesión momentánea del control. Moviendo su cadera lentamente de un lado a otro, humedeciendo sus labios una vez más, provocando.

A partir de aquí recuerdas muy bien qué hacer. —no era ningún tipo de pregunta, sino una aseveración.

Ragnar se comportaba como lo que era, un dios heleno. Su expresión de suficiencia, su porte erguido y arrogante esperaban lleno también de un profundo cariño, del más enloquecido deseo por ser acariciado por el único hombre que podía y lo tendría a sus pies.
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Re: What kind of man ❈ Priv.

Mensaje por Rafael E. Montoya el Jue Dic 10, 2015 5:11 am

De repente, incluso hablar se había vuelto imposible. Escuchar al hombre frente a él era una hazaña más realizable y de haber podido, una carcajada habría sustituido aquellos vergonzosos sonidos que pugnaban por salir de su boca. ¿Evidente? Por favor. Cómo descubrir siquiera si aquello era verdad o mentira cuando toda su existencia—o al menos más de 20 años—se había sentido ignorado por aquel mismo hombre. No era solo su discreto complejo de inferioridad, era que tenía mil y un razones para pensar que Ragnar no lo quería dentro de su vida, que lo había olvidado. Y esas eran tan solo algunas de las causas más débiles, existían otras muchas que de haberlas analizado con cuidado, le habrían hecho pensar en huir una vez más. No pensó, por supuesto, al menos no hasta que escuchó las siguientes palabras de Viggo.

Su rostro se tornó rojo y otros cambios extraños se produjeron en su rostro antes de que lo poco de magia que poseía lograra estabilizarse. Quiso quejarse pero las caricias y besos se lo impidieron. Paró el movimiento de su cadera en seco y miró a su acompañante con ojos inquisitivos.

No deb… —no completó su queja, la caricia en aquella zona tan sensible en aquel momento, produjo un sonido muy distinto a las palabras.

Pronunció su nombre, dos, tres veces, pero no se atrevió a repetir lo que Ragnar le pedía. Asintió en silencio sin embargo, notando con extrañeza como los ojos de su amante se nublaban, como perdía el control después de haberlo ostentado por completo.

No reprimió ni un solo sonido en esta ocasión, no porque quisiera seguir las ordenes de Viggo o seguirle el juego, sino porque verdaderamente le fue imposible acallarlos, porqué hacía mucho tiempo que había esperado que aquellos dedos expertos volvieran a recorrer su cuerpo.

Cerró los ojos en un principio pero después miró al otro trabajar, colocando sobre el final una de sus manos sobre la cabeza ajena, empujando cuando de todos modos el otro ya se retiraba. Mejor así, no creía poder soportar por mucho tiempo a ese ritmo.

¿De verdad es necesario que hables tanto? —murmuró todavía en danés, intentando sonar irritado, cuando en realidad sus manos habían seguido con gusto el camino trazado por el otro hombre. Bajó de la mesa en la que se encontraba confinado y empujó a Østergård hasta el sofá que se encontraba frente a ellos—uno diminuto en el que a penas y si cabía un solo hombre—, obligándolo a sentarse mientras él mismo lo hacía a horcajadas sobre él.

Tomó primero el rostro ajeno entre sus manos y se inclinó para besar los labios de Ragnar con movimientos medidos, de manera profunda, era casi como si estuviera seguro de que no podría volver a besarlo en su vida. Sus manos resbalaron entonces de a poco hasta el cuello, siguiendo por los anchos hombros, bajando por el pecho hasta posarse peligrosamente cerca de aquella área tan sensible. Rafael se separó tan solo lo suficiente para tomar aire en aquel momento y juntó su frente con la de Viggo mientras una de sus manos se escurría dentro de la ropa interior que no había tenido la delicadeza de retirar.

Sin despegar la frente del mago, sus ojos se cruzaron con los de él y su mano recorrió toda la envergadura de su intimidad con tortuosa lentitud, sin embargo,  se dio cuenta de que aquello más que a favor, jugaba en su contra. El rostro de Ragnar, su olor, los sonidos que estaba haciendo, todo era demasiado. Recargó entonces todo su peso sobre el pecho del ministro y su cabeza quedó oculta en el hueco que había entre el cuello y su hombro.

A partir de aquí, supongo sabes que hacer —parafraseó cerca del oído ajeno, sonriendo a penas contra la pálida piel, dejando que su labios se escurrieran en un beso húmedo ahí mismo.


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